TARIK

Coks Feenstra · Psicóloga Infantil

24 de diciembre de 2025

TARIK

Hoy me ha llegado un mensaje muy especial en Facebook, de un niño marroquí al que conocí hace diez años. Os lo cuento.

La historia empieza con mi hijo Thomas. Siendo adolescente pelilargo y rebelde a más no poder, se apuntó con 16 años a un viaje solidario a Marruecos, organizado por su colegio. Su decisión me alegró. Intuí que pudiera ser decisiva en su vida. Visitarían orfanatos y pintarían salas y dormitorios. Efectivamente volvió cambiado. Nada más llegar, me contó en la cocina –el lugar de confidencias de mi pequeño tribu- la situación de estos chicos, huérfanos, pobres y con pocas expectativas. Su voz delataba lo mucho que le afectaba su situación. ‘Mamá, tendrás que ir tú el próximo año. Tú puedes ayudar mucho allí’. ¡Uf! Sabía que a mí también me afectaría mucho, pero tenía razón. ¿Cómo no iba a dedicar mis vacaciones de Pascua –fecha en que se organizaba el viaje- para estar con niños que, según Thomas, no tenían material para hacer un simple dibujo? Ni a nadie que se preocupara para que jugaran. No podía fallarle a Thomas, así que al año siguiente me fui, con Fred, me pareja, con Ana, una profesora del colegio y ocho alumnos de Secundaría. Íbamos a alegrar los días de unos cien niños de entre 5 y 20 años de un orfanato. Y así fue que conocí a  Tarik, un niño de unos ocho años; no lo sabía cierto, fue abandonado y nadie sabía nada de él. En una de las excursiones que hacíamos, apareció de repente a mi lado. Noté cómo se quedaba todo el tiempo cerca de mí y de Fred. En un momento dado me dio una gran sonrisa y me dijo ‘Mamá’. Acto seguido señaló a Fred y le dijo ‘papá’. De nuevo una gran sonrisa. Su mensaje era claro: nosotros podríamos ser sus padres. Esto era su deseo.

Le rocé su mejilla y le hice saber que por dos semanas desempeñaríamos este papel. En otro momento me hizo señales para que le acompañara a su dormitorio. El no hablaba español ni yo el árabe, pero nos comunicábamos con gestos. Me llevó escalera arriba a una sala enorme con unas 40 literas amontonadas. Olía mal, a colchones viejos, sudor y  orina. La sala estaba a oscuras, sin apenas ventanas; solo un foco de poca potencia pendía del techo. Ningún poster en las paredes alegraba aquel ambiente que me traía recuerdos de los orfanatos después de la segunda Guerra Mundial. La cama de Tarik estaba al fondo, cerca de un ventanuco. Me enseñó su manta, su pijama y la casilla que hacía la función de armario. En ella no cabían más de unos pocos objetos. Toda su vida en una casilla vieja, destartalada e impersonal. Se me hizo un nudo en la garganta. Pero Tarik me miró orgulloso, esperando ……… Sostuve su mirada y de repente le entendí: quería que yo le dijera algo sobre cómo mantenía sus cosas. Desde luego lo tenía todo bien organizado y recogido. La cama estaba hecha, su manta bien estirada, los objetos en su casilla apilados de modo ordenado. Otras pocas pertenencias suyas las tenía en una bolsa de plástico debajo de su cama. Todo limpio, algo digno de admirar ya que ellos mismos, hasta los más pequeños, tenían que lavarse la ropa  y las sábanas en una pila con agua fría sin centrifugador.  Le felicité y su cara, tensa por la espera a mi respuesta, se iluminó. Hasta en lo más elemental les falta a estos niños una madre, que elogia o critica cómo organizan sus cosas, pensé para mí misma.

No todos los niños eran huérfanos. La mayoría tenían padres, que vivían en los alrededores, a veces en pueblos alejados. Pero no podían mantenerles ni mandarles al colegio. El orfanato se ocupaba de su manutención, los libros y la ropa. Los que tenían padres iban a casa en vacaciones. Pero a todos los niños les faltaba cariño y atención. De ellos se ocupaban unos pocos monitores, varones, que mantenían el orden a base de látigo e insultos. Ninguna figura materna que por las noches les tapaba la manta, les daba un beso y les recordaba de lavarse los dientes. En nuestros primeros días los niños se mostraban tímidos y reticentes, pero poco a poco perdían su vergüenza y nos saludaban con un gesto de mano, una palmada e incluso algún beso. Estaban muy felices con el material que les trajimos. Incluso con algo tan sencillo como folios y lápices para hacer un dibujo. Tarik disfrutó mucho de aquellas actividades: paciente como pocos se dedicaba a pintar con un pensil fino y hacía dibujos preciosos, que nos iba regalando. No dejaba de sorprendernos: este niño que se había criado sin padres y que apenas había recibido una educación, era un ejemplo de buenos modales y de un aspecto pulcro. Solía llevar  camiseta blanca y pantalones azules, sin rasgos de manchas. Tenía un toque de elegancia  y por ello le llamamos  ‘el príncipe’. Pero lo que más me sorprendió, era su buen humor, su alegría y su madurez emocional. Cuando otros se peleaban por un sacapuntas, él imponía orden. Elevaba un poco su voz y todos callaban. Y cuando ellos dejaban el suelo lleno de trozos de papel, él se dedicaba a recoger. Sabía cómo comportarse y emanaba una dulzura que nos encandiló a todos.

Volví al mismo orfanato durante siete años consecutivos. En su casilla Tarik iba guardando todo lo que le trajimos, hasta los envoltorios de los caramelos. Le vi crecer y convertirse en adolescente.

El último año no estuvo allí. Me dijeron que una familia le había adoptado. Me alegré, pero también sentí un aguijón de tristeza. Le había perdido de vista. Hasta hoy, en Facebook cuando leo este mensaje: ‘Os echo mucho de menos, ¿cómo estáis?’. Viene de Tarik.

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