Estoy haciendo papillas para mi madre; verduras, carne, patatas y mucho caldo con tal de obtener una sustancia líquida. No debo dejar ningún grumo; si no, no se lo comerá. Dentro de unos meses haré lo mismo para mi nieta, pienso para mí misma. Nacerá en unas semanas. Nunca antes he sentido tan claramente cómo la vida es una rueda, una secuencia de generaciones que se siguen. De pequeña no pensé mucho en ello, la vida parecía eterna. Como madre de hijos pequeños tampoco, absorta en el ajetreado día a día. Pero ya llegó la fase en la que mis padres iban perdiendo fuerzas y necesitaban algunos cuidados. Mi perspectiva de vida cambiaba. Mi padre ya no está entre nosotros y mi madre necesita compañía día y noche. Contamos con ayuda y cuando puedo, me ocupo yo. Así es que me encuentro en su cocina, haciéndole la cena y reflexionando sobre la vida. Pertenezco a, lo que se llama, la generación sándwich, la del intermedio. Es sabido que esta es la generación que corre el riesgo de llevar una carga demasiada pesada, sobre todo las mujeres. Cuidar de los nietos y de los padres no es baladí. Algunas se desviven y cuidando de unos y otros, se olvidan de sí mismas. Es importante repartir el trabajo entre los familiares. Así se logra que esta etapa de la vida sea satisfactoria. Y más, cuando las partes a las que damos nuestra atención, lo aprecian.
Tengo esa suerte. Bueno, en cuanto a mi nieta, de la que me ocuparé un día por semana, aún lo tengo que vivir, pero estoy segura de que será así. Y mis padres son muy agradecidos por lo que hice y sigo haciendo. Nunca les conocí vulnerables, dependientes ni necesitados de cariño. La vejez les cambió y es ahora que realmente me siento, por vez primera, cercana a ellos. Mi padre siempre fue un hombre algo autoritario y distante, como si en él hubiera una puerta infranqueable que le impedía intimar con sus hijos. Pero en sus últimos años la puerta iba cediendo y dejaba ver a una persona cálida y humilde, reacia a pedir nada, con tal de no molestar. Acostumbrado a resolver los problemas él solo, no pedía nunca nada. En la residencia donde le tuvimos que ingresar los últimos meses de su vida, era la persona más querida del personal, porque no se quejaba jamás. Agradecía la atención que las enfermeras le profesaban. Llegué a verle con otros ojos y conocerle mejor. No solo a él, sino también a mí misma. También soy de no pedir. Desconocía que esto fuera un rasgo que se hereda.
Mi madre, con sus 95 años, ahora está en un proceso inverso al que en pocas semanas mi nieta vivirá. Cada vez duerme más, come y habla menos. La vida se le va poco a poco. A veces, sentada en el váter, no se acuerda lo que venía a hacer en este lugar, ni para qué sirve el papel higiénico. Se acuerda de los actos rutinarios, como irse al váter cuando el cuerpo se lo pide, pero no se acuerda de cómo y para qué utilizar este papel que ella misma coge. ¿Dónde lo dejo?’ me pregunta con sus ojos azules, tan inocentes como una niña. La contemplo sentada allí, desorientada, perdida, con un trozo de papel entre sus manos. ‘Dame, mamá, no importa’. La levanto y la llevo a su sillón. Feliz de volver a un sitio conocido, su propia silla, me aprieta la mano: ‘¡¡Gracias!! Eres mi hermana’.
Una vida entre las nuestras que se está yendo y otra que está a punto de empezar. La ley de vida.